Estilo de vida

¿Por qué a la familia le llaman "iglesia doméstica"?

¿Tiene que ver con el concepto de casa? ¿Es porque los cristianos se llaman "hermanos"?

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26.04.2013
familia © Zdenka DARULA / SHUTTERSTOCK.com
Sobre la familia como iglesia doméstica hay un epígrafe en el Catecismo de la Iglesia Católica, que abarca los números 1655-1658, con ese mismo título. En estas líneas no repetiremos lo que allí se dice. Se tratará más bien de explicar el fundamento teológico de esta idea, que permite entender su significado.
 
En primer lugar, conviene notar que la expresión no es una invención teológica. Ya se encuentra en San Pablo: al final de la primera epístola a los Corintios, al enviar saludos, incluye éste: “Aquila y Priscila, con la iglesia que está en su casa, os saludan mucho en el Señor” (16,19), Se trata, pues, no de cuestionar la terminología, sino de saber las razones que permiten hablar de ese modo. Para ello es necesario tener presente las nociones de Iglesia y familia, e introducirse en un mundo de analogías, o sea, de semejanzas. Los términos no se trasladan con significado idéntico, sino semejante.
 
La Iglesia es el pueblo de Dios, la comunidad que se establece con la comunión en Cristo –o, si se prefiere. En Dios a través de Cristo-. En ella encuentra el hombre los medios de salvación, principalmente la Revelación divina y la gracia, cuya entrada es el Bautismo y sus principales cauces los sacramentos y la oración.
 
La familia cristiana es una comunidad dentro de esa comunidad, que también forma una comunión particular con Dios desde el momento en que el matrimonio cristiano es un sacramento. Es el cauce ordinario establecido por Dios para que, en su seno, los hombres y mujeres que llegan a este mundo –los hijos- encuentren la gracia y la doctrina cristiana.
 
Quien bautiza es el sacerdote (o diácono), pero son los padres quienes llevan al niño a bautizar y se comprometen a darle una educación en la fe. Son ellos los responsables primarios de la catequesis de sus hijos, los que enseñan a rezar e introducen a sus hijos en las verdades de la fe. No lo hacen por delegación de la parroquia o el colegio; es al revés: pueden –y con frecuencia conviene hacerlo- hacerse ayudar en esa tarea, cuya responsabilidad es suya en primer lugar. La tarea de los padres es una verdadera misión eclesial: una labor que les encomienda la Iglesia, igual, por ejemplo, que la encomienda de una parroquia a un sacerdote por parte del obispo.
 
A esto podemos añadir varios rasgos de la Iglesia que se pueden trasladar a la vida de una familia cristiana que viva como tal: la particular comunión en Cristo de sus miembros,que se manifiesta en la acogida incondicional, en la oración en común, y en la proyección apostólica que debe tener de cara al exterior, pues una familia verdaderamente cristiana no se repliega en sí misma. Podemos concluir así que la familia está llamada a ser un lugar privilegiado de encuentro con Cristo.
 
Si se reflexiona sobre todo esto, enseguida se advierte que cada rasgo enumerado guarda un paralelismo con las señas de identidad de la Iglesia misma. En su conjunto, lo que ponen de manifiesto es que la familia está llamada a ser un reflejo de la Iglesia universal, e incluso de la Santísima Trinidad misma, que es la familia de Dios. En ella se ha de reconocer la vida y la naturaleza de la Iglesia.
 
Por tanto, como puede verse, el calificativo de iglesia doméstica no obedece a una feliz ocurrencia o a una bella metáfora. Hay razones de peso para utilizar ese término que, por lo demás, permite entender mejor por qué Dios ha querido incluir el matrimonio entre cristianos entre los sacramentos.
 
Sobre la familia como iglesia doméstica hay un epígrafe en el Catecismo de la Iglesia Católica, que abarca los números 1655-1658, con ese mismo título. En estas líneas no repetiremos lo que allí se dice. Se tratará más bien de explicar el fundamento teológico de esta idea, que permite entender su significado.
 
En primer lugar, conviene notar que la expresión no es una invención teológica. Ya se encuentra en San Pablo: al final de la primera epístola a los Corintios, al enviar saludos, incluye éste: “Aquila y Priscila, con la iglesia que está en su casa, os saludan mucho en el Señor” (16,19), Se trata, pues, no de cuestionar la terminología, sino de saber las razones que permiten hablar de ese modo. Para ello es necesario tener presente las nociones de Iglesia y familia, e introducirse en un mundo de analogías, o sea, de semejanzas. Los términos no se trasladan con significado idéntico, sino semejante.
 
La Iglesia es el pueblo de Dios, la comunidad que se establece con la comunión en Cristo –o, si se prefiere. En Dios a través de Cristo-. En ella encuentra el hombre los medios de salvación, principalmente la Revelación divina y la gracia, cuya entrada es el Bautismo y sus principales cauces los sacramentos y la oración.
 
La familia cristiana es una comunidad dentro de esa comunidad, que también forma una comunión particular con Dios desde el momento en que el matrimonio cristiano es un sacramento. Es el cauce ordinario establecido por Dios para que, en su seno, los hombres y mujeres que llegan a este mundo –los hijos- encuentren la gracia y la doctrina cristiana.
 
Quien bautiza es el sacerdote (o diácono), pero son los padres quienes llevan al niño a bautizar y se comprometen a darle una educación en la fe. Son ellos los responsables primarios de la catequesis de sus hijos, los que enseñan a rezar e introducen a sus hijos en las verdades de la fe. No lo hacen por delegación de la parroquia o el colegio; es al revés: pueden –y con frecuencia conviene hacerlo- hacerse ayudar en esa tarea, cuya responsabilidad es suya en primer lugar. La tarea de los padres es una verdadera misión eclesial: una labor que les encomienda la Iglesia, igual, por ejemplo, que la encomienda de una parroquia a un sacerdote por parte del obispo.
 
A esto podemos añadir varios rasgos de la Iglesia que se pueden trasladar a la vida de una familia cristiana que viva como tal: la particular comunión en Cristo de sus miembros,que se manifiesta en la acogida incondicional, en la oración en común, y en la proyección apostólica que debe tener de cara al exterior, pues una familia verdaderamente cristiana no se repliega en sí misma. Podemos concluir así que la familia está llamada a ser un lugar privilegiado de encuentro con Cristo.
 
Si se reflexiona sobre todo esto, enseguida se advierte que cada rasgo enumerado guarda un paralelismo con las señas de identidad de la Iglesia misma. En su conjunto, lo que ponen de manifiesto es que la familia está llamada a ser un reflejo de la Iglesia universal, e incluso de la Santísima Trinidad misma, que es la familia de Dios. En ella se ha de reconocer la vida y la naturaleza de la Iglesia.
 
Por tanto, como puede verse, el calificativo de iglesia doméstica no obedece a una feliz ocurrencia o a una bella metáfora. Hay razones de peso para utilizar ese término que, por lo demás, permite entender mejor por qué Dios ha querido incluir el matrimonio entre cristianos entre los sacramentos.
 
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